Camino al Cielo
La lluvia, como una cortina gris, caía sobre los arboles, la tierra y nosotros. La cabeza agachada, la espalda soportando el peso de la mochila, y el sudor cubriendo el cuerpo. El poncho guardándonos de la lluvia y dejándonos el sudor adentro. Las botas chapoteado en el barro y los charcos del camino (gracias a Dios por el Gore-Tex). Los rayos, sonando como el desgajarse de titánicas ramas seguido por una ensordecedora descarga de decibeles, parecía que quisieran partir la tierra. Y la lluvia seguía, y ya mojados que importa. El sudor o la lluvia, o los dos. Había que disfrutarlo. El barro, los charcos, la humedad, los árboles agitados por el viento, el aire ionizado, fresco, cargado de vida y esencias de tierra obscura y fértil. Y como un murmullo, el suave tamborileo de las gotas de agua sobre mi poncho mezclándose con el compás del corazón en los oídos ¿Cuantas veces había caminado en un bosque, un bosque de a de veras, la mochila al hombro, en medio de una tormenta? Descubrí, un poco asombrado, que estaba sonriendo.
Todo empezó cuando el grupo de amigos de "la bici"; ya más bien formando un club, Los Camaleones, empezamos a planear un viaje a la Reserva de la Biosfera El Cielo, en la Huasteca Tamaulipeca, al sur de Ciudad Victoria. Empezamos a buscar en el Internet, a preguntar a personas que ya habían ido (pocas por cierto), y jugando, jugando, el plan tomó forma. Tres días para caminar en la Reserva. Comprar el equipo que le faltara a cada quien. Después de la salida a Mesa de Cartujanos, ya teníamos una idea de lo que nos faltaba (o nos sobraba). Ricardo recogió el dinero, Rafa se encargo de separar autobús, yo arreglé lo de la transportación en los vehículos 4X4 de Gómez Farias a San Jose, una ranchería reserva adentro. Después de unas siete horas de viaje en autobús desde Nuevo Laredo, llegamos a Gómez Farias, Tamaulipas, a eso de las cuatro y media de la mañana. Nada mas bajarnos del autobús, nos dimos cuenta de que estabamos en un lugar tropical. Árboles enormes, de hojas de un verde brillante, lustrosas y anchas, el aire cálido y cargado de humedad, a pesar de ser un lugar alto en comparación a Nuevo Laredo. Después de un desayuno en una pequeña fonda rodeada de un jardín que mas parecía un invernadero de plantas tropicales, nos subimos en los 4X4; una troca de redilas y un viejo camión comando Willys, y nos adentramos en la sierra. El dueño de ambos vehículos, Felipe Villegas Ruiz, nos fue explicando algunas de las cosas mas interesantes durante todo el camino hasta Alta Cimas.
El camino, de pura piedra, subia serpenteando, abrazándose a la ladera de los cerros cubiertos de selva. Paramos varias veces, a ver el paisaje desde miradores, a tomar fotos, en una o dos pequeñas comunidades, las más grandes de ellas Altas Cimas y San Jose, de alrededor de veinte o veinticinco casas cada una. Invariablemente, el suelo húmedo estaba tapizado de hierbas, musgos y hongos de todos los tipos, colores y formas. Me llamaron la atención dos: uno, el hongo coral lo llamó Felipe, de un rosa intenso, y con la misma forma de un coral creciendo en un arrecife. Y el otro, un hongo en forma de copa de vino, color anaranjado, y del tamaño de la uña del dedo meñique. Hasta los troncos de los árboles muertos estaban cubiertos de un espeso musgo.
En San Jose paramos en un lugar conocido como el Valle del Ovni, una especie de cuenca de alrededor de seis hectáreas, rodeada de montanas, alfombrado de zacate San Agustín, que parecía recién cortado, y tachonado de pinos altísimos. Y claro, no podía faltar el arroyo en un lado. A donde quiera que vayas en El Cielo, vas a batallar para no encontrarte un arroyo, de fondo de piedra y aguas cristalinas y frías. De este lugar empezamos nuestra caminata hacia el punto en el que pensábamos acampar y pasar dos noches, Joya de Manantiales.
Caminamos y paramos a descansar, caminamos de nuevo y volvimos a descansar, hasta que el ciclo se nos confundió con el cansancio. El guía, con una bolsita de plástico de Soriana como carga, y acostumbrado al terreno, parecía volar para nosotros, abrumados con los veinte kilos o más de las mochilas. Pasamos arroyos, caminamos por brechas apenas practicables para vehículos de doble tracción, cortamos camino por veredas entre el bosque, cubiertas por mantos de hojas secas y salpicadas de piedras. Cuesta arriba, siempre cuesta arriba. Imperceptiblemente, la vegetación cambiaba, así como el clima. Los árboles tropicales, con bromelias y orquídeas en los troncos, las bases rodeadas de helechos, dejaron lugar a los pinos, robles y sicomoros, los hongos a los musgos, y estos a los líquenes. En ninguna parte había experimentado esta cambio de ecosistemas tan rápido y tan nítidamente. En un momento estas en el bosque de niebla, y al otro te encuentras rodeado de pinos. Son increíbles las sorpresas que te esperan a cada vuelta del camino. Después de unas horas de caminata, y sin esperártelo, en un terreno completamente plano y de tierra, se levanta una masa de roca del tamaño de un elefante, con la forma de un elefante y que los lugareños llaman, ¿tu que crees?....... El Elefante. ¿Porque esta allí ese monolito? Quien sabe, pero se me antojó completamente extraño. Igual que el hocofaisán, un faisán del tamaño de un guajolote, y que los helechos, y los hongos, y los desconocidos reclamos de las aves. El grupo venia exhausto y desperdigado a lo largo de quizás un kilómetro. Y eso que habíamos prometido no separarnos mucho. Bueno, a lo mejor queríamos hacer uso de los silbatos que todos llevábamos. Yo iba agotado, el peso de la mochila, el constante sudar, la humedad del ambiente y el continuo caminar de subida estaban pasando la factura. De pronto, una pequeña subida, el gradiente un poco mayor, los árboles que se abren para dar paso a la luz del sol, oculta por horas por la lluvia y la espesura de los árboles, y ante mis ojos un valle, un poco mayor que los anteriores, cubierto de pasto tierno, resguardado por cerros poblados de coníferas, un grupo de casitas, quizás unas diez, paredes de troncos y techos de lámina. Olor a humo de leña y pinos traído por el viento. Nunca he estado en Suiza, pero no creo que sea muy diferente, claro que no tan bonita (Suiza, quiero decir). Después supe, por uno de los vecinos del lugar que actuó como guía, que a esos vallecitos se les conoce como "Joyas", de ahí el nombre de Joya de Manantiales, Joya de Oyameles, Joya Oscura, etc. En uno de los expendios de sodas y papitas, -hay varios tendajos, a pesar de lo pequeño del lugar-, nos tomamos unos refrescos y después de descansar una media hora, seguimos un poco mas delante. A no más de un kilómetro, hay un vallecito vecino, sin habitantes, donde acampamos después de pasar un arroyo, más grande que los anteriores, que parecía nacer de una cascada de diez o doce metros que se precipitaba de la sierra.
Dejar caer la mochila, desempacar la casa de campaña, desenrollar el saco de dormir sobre la colchoneta de hule espuma y admirar el contraste entre el verde oscuro de los bosques y el verde brillante del pasto que pisábamos. Habíamos llegado. Todos y de una pieza, hasta nuestro primer objetivo. El arroyo que pasaba a solo diez metros de nuestro campamento invitaba a darse un baño, así que sin pensarlo mucho saque el botecito de jabón (biodegradable) y después de ponerme el traje de baño clásico (del que usaba Adán), me metí al agua. Se me cortó la respiración, pero solo por dos o tres minutos. El agua estaba más que helada, si alguna vez has metido la mano en el agua de una hielera buscando un refresco, sabes a lo que me refiero. Rápidamente empecé a tallarme el cuerpo, y a quitarme todo el sudor y polvo de la marcha. Se me empezó a quitar el frió, me aventé un clavado y hasta nade un poco. El arroyo tenia algunos cinco metros de profundidad y había peces pegados al fondo de piedra. Carlitos también se metió a bañar y después llegó Billy preguntando que si estaba muy fría el agua. ¿Fría? Fresquita a lo mejor. Se aventó de clavado. Se le fue la respiración. Solo cuatro o cinco minutos. Nada serio. Otro que también se baño fue el Chino Palacios que se metió con una lycra larga, jersey, gorrita. ¿Guantes? no me acuerdo, pero eso no contó como baño. La mayoría, siguiendo el sabio refrán de "la cáscara guarda al palo", se quedaron como vinieron, empanizados. Después de quince minutos de sentirme Tarzan, me seque bien. Sientes la piel como terciopelo, y te queda toda colorada del frío (la piel), pero descansas y te sientes limpio. Me regrese al campamento en calzoncillos y descalzo. Descalzo. Ni una sola espina, solo pasto fresco, mullido, y tierra húmeda. Para los que venimos de la tierra del cadillo, los nopales, el tasajillo, la uña de gato, el mesquite, el granjeno, el andar descalzo en el monte es algo impensable. Saque la estufita, calenté agua para rehidratar la comida. El cafecito, la charla recostado en el pasto, la mochila de almohada, los chistes, las risas. Para nada cansado. La friega. ¿Cual friega? Esto, indudablemente, era estar en el Cielo.
Esa noche dormí arrullado por las gotas de lluvia golpeando sobre mi tienda. Los rayos poniéndole un sabor de aventura al dormir al aire libre en aquel maravilloso lugar. En algunos momentos la lluvia se convertía en una catarata. Un consejo: si vas a el Cielo con intenciones de acampar, llévate un poncho para la lluvia, y que este cubra también la mochila, y además, muy importante, una casa de campaña impermeable. Allí llueve hasta en la estación seca. Algunos de nosotros lo comprobaron la primera noche, la cual pasaron secando con toallas el agua que se filtraba dentro de sus tiendas. Una tienda impermeable hace toda la diferencia entre una noche inolvidable y una noche....bueno, también inolvidable. Varios, tratando de evitar empaparse, cubrieron sus tiendas con pedazos de bolsas de plástico negras para la basura. Inútil intento. La mañana siguiente, después de desayunar una deliciosas comidas deshidratadas (que querían, no todo es perfecto), nos pusimos en marcha con dos lugareños, ya sin las mochilas, hacia unas grutas que se encuentran a una dos horas de caminata, cuesta arriba obviamente, de donde acampamos. Una de ellas, que los locales llaman "del Cedazo", es impresionante. Las estalactitas y estalagmitas son gigantescas, y del techo del salón principal se precipita una verdadera lluvia de agua purisima y fría, que le da el nombre a la cueva. Al fondo de esta hay un lago, al cual no se le ve el fondo, pero los guías nos dijeron que al parecer se comunica con varios agujeros que hay en el exterior, y que invitan al descenso en rappel para ser explorados. El lago se alimenta del agua que cae de lo alto de la bóveda, y que en su camino descendente por el lecho de piedra, forma una especie de pequeños reservorios de agua cristalina que recuerdan los cultivos de arroz en terrazas, solo que en miniatura. Por si todo esto no fuera suficiente, solo el camino hasta las cuevas vale el esfuerzo de llegar hasta allí. Hay pinos viejos e inmensos, sus troncos cubiertos de gruesas capa de musgo, como verdes columnas deteniendo el techo formado por el follaje, y cimentadas en un suelo cubierto de gruesas capas de hojas secas, depositadas al paso de años, descomponiéndose, dando vida al morir. Piedras desgajadas de lo alto, enormes bloques mas grandes que una casa, balanceándose precariamente en la empinada ladera. Grietas, aparentemente sin fondo, abriéndose en la roca caliza, y haciendo interesante el sendero. De echo tan interesante, que muchas veces no levantaba yo la vista en busca de posibles grietas.
Nuestro tercer día en El Cielo nos vio subir al Cerro de la Campana, y acampar en el Valle del Ovni. El Cerro tiene la peculiaridad de tener dos picos gemelos, entre los que quedó atrapada una roca de gran tamaño, que parece colgar de los lados, exactamente como una campana en la torre de una iglesia. La subida es una escalada poco técnica, pero que requiere sin embargo del uso de brazos y piernas. Desde la cima se pueden ver cerros cubiertos de verdor, rodeando valles muy pequeños, unidos entre si por líneas amarillas formadas por los caminos de tierra. Lo mas cercano a ver una gran maqueta. Aquí de nuevo hicimos campamento, nos juntamos todos, sentados en el césped a platicar hasta bien entrada la noche. Hubiéramos permanecido en la plática hasta en la madrugada, de no haber sido por la lluvia, que nos mandó de cabeza tienda adentro. Esa noche me sentí un poco triste. Sabía que en la mañana llegaría Felipe con su camión a recogernos para el viaje de regreso a Gómez Farias. El ambivalente sentimiento del que termina, o casi, una expedición. Quieres regresar, extrañas tu cama y la comida caliente y en la mesa, ansías el reposo y un buen baño. Pero al mismo tiempo te duele dejar las montañas, los espacios abiertos y el tiempo para hacer lo que quieras, o para no hacer nada. Poco a poco, y sin darme cuenta, me quede dormido.
En la madrugada me despierto y salgo de mi casa de campaña. Hay mucha bruma y hace frió. Entre la espesa niebla, veo un espectáculo extraordinario. Miles de luces. Constelaciones y galaxias danzando entre el bosque oscuro. Como si la foresta quisiera imitar al cielo, que no se atreve entre los gruesos bancos de nubes. Luciérnagas. Miles de ellas......... Me quedo viéndolas largo rato. No se cuanto. No se me ocurrió mejor despedida que esta para tres días de constantes sorpresas. Descubrí, un poco asombrado, que estaba sonriendo..........
José Guzmán Garza
Primavera 2003.



