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Camino al Cielo

domingo, 03 de mayo del 2009 a las 22:28

 La lluvia, como una cortina gris, caía sobre los arboles, la tierra y nosotros. La cabeza agachada, la espalda soportando el peso de la mochila, y el sudor cubriendo el cuerpo. El poncho guardándonos de la lluvia y dejándonos el sudor adentro. Las botas chapoteado en el barro y los charcos del camino (gracias a Dios por el Gore-Tex). Los rayos, sonando como el desgajarse de titánicas ramas seguido por una ensordecedora descarga de decibeles, parecía que quisieran partir la tierra. Y la lluvia seguía, y ya mojados que importa. El sudor o la lluvia, o los dos. Había que disfrutarlo. El barro, los charcos, la humedad, los árboles agitados por el viento, el aire ionizado, fresco, cargado de vida y esencias de tierra obscura y fértil. Y como un murmullo, el suave tamborileo de las gotas de agua sobre mi poncho mezclándose con el compás del corazón en los oídos ¿Cuantas veces había caminado en un bosque, un bosque de a de veras, la mochila al hombro, en medio de una tormenta? Descubrí, un poco asombrado, que estaba sonriendo.

Todo empezó cuando el grupo de amigos de "la bici"; ya más bien formando un club, Los Camaleones, empezamos a planear un viaje a la Reserva de la Biosfera El Cielo, en la Huasteca Tamaulipeca, al sur de Ciudad Victoria. Empezamos a buscar en el Internet, a preguntar a personas que ya habían ido (pocas por cierto), y jugando, jugando, el plan tomó forma. Tres días para caminar en la Reserva. Comprar el equipo que le faltara a cada quien. Después de la salida a Mesa de Cartujanos, ya teníamos una idea de lo que nos faltaba (o nos sobraba). Ricardo recogió el dinero, Rafa se encargo de separar autobús, yo arreglé lo de la transportación en los vehículos 4X4 de Gómez Farias a San Jose, una ranchería reserva adentro. Después de unas siete horas de viaje en autobús desde Nuevo Laredo, llegamos a Gómez Farias, Tamaulipas, a eso de las cuatro y media de la mañana. Nada mas bajarnos del autobús, nos dimos cuenta de que estabamos en un lugar tropical. Árboles enormes, de hojas de un verde brillante, lustrosas y anchas, el aire cálido y cargado de humedad, a pesar de ser un lugar alto en comparación a Nuevo Laredo. Después de un desayuno en una pequeña fonda rodeada de un jardín que mas parecía un invernadero de plantas tropicales, nos subimos en los 4X4; una troca de redilas y un viejo camión comando Willys, y nos adentramos en la sierra. El dueño de ambos vehículos, Felipe Villegas Ruiz, nos fue explicando algunas de las cosas mas interesantes durante todo el camino hasta Alta Cimas.

El camino, de pura piedra, subia serpenteando, abrazándose a la ladera de los cerros cubiertos de selva. Paramos varias veces, a ver el paisaje desde miradores, a tomar fotos,  en una o dos pequeñas comunidades, las más grandes de ellas Altas Cimas y San Jose, de alrededor de veinte o veinticinco casas cada una. Invariablemente, el suelo húmedo estaba tapizado de hierbas, musgos y hongos de todos los tipos, colores y formas. Me llamaron la atención dos: uno, el hongo coral lo llamó Felipe, de un rosa intenso, y con la misma forma de un coral creciendo en un arrecife. Y el otro, un hongo en forma de copa de vino, color anaranjado, y del tamaño de la uña del dedo meñique. Hasta los troncos de los árboles muertos estaban cubiertos de un espeso musgo.

En San Jose paramos en un lugar conocido como el Valle del Ovni, una especie de cuenca de alrededor de seis hectáreas, rodeada de montanas, alfombrado de zacate San Agustín, que parecía recién cortado, y tachonado de pinos altísimos. Y claro, no podía faltar el arroyo en un lado. A donde quiera que vayas en El Cielo, vas a batallar para no encontrarte un arroyo, de fondo de piedra y aguas cristalinas y frías. De este lugar empezamos nuestra caminata hacia el punto en el que pensábamos acampar y pasar dos noches, Joya de Manantiales.

Caminamos y paramos a descansar, caminamos de nuevo y volvimos a descansar, hasta que el ciclo se nos confundió con el cansancio. El guía, con una bolsita de plástico de Soriana como carga, y acostumbrado al terreno, parecía volar para nosotros, abrumados con los veinte kilos o más de las mochilas. Pasamos arroyos, caminamos por brechas apenas practicables para vehículos de doble tracción, cortamos camino por veredas entre el bosque, cubiertas por mantos de hojas secas y salpicadas de piedras. Cuesta arriba, siempre cuesta arriba. Imperceptiblemente, la vegetación cambiaba, así como el clima. Los árboles tropicales, con bromelias y orquídeas en los troncos, las bases rodeadas de helechos, dejaron lugar a los pinos, robles y sicomoros, los hongos a los musgos, y estos a los líquenes. En ninguna parte había experimentado esta cambio de ecosistemas tan rápido y tan nítidamente. En un momento estas en el bosque de niebla, y al otro te encuentras rodeado de pinos. Son increíbles las sorpresas que te esperan a cada vuelta del camino. Después de unas horas de caminata, y sin esperártelo, en un terreno completamente plano y de tierra, se levanta una masa de roca del tamaño de un elefante, con la forma de un elefante y que los lugareños llaman, ¿tu que crees?....... El Elefante. ¿Porque esta allí ese monolito? Quien sabe, pero se me antojó completamente extraño. Igual que el hocofaisán, un faisán del tamaño de un guajolote, y que los helechos, y los hongos, y los desconocidos reclamos de las aves. El grupo venia exhausto y desperdigado a lo largo de quizás un kilómetro. Y eso que habíamos prometido no separarnos mucho. Bueno, a lo mejor queríamos hacer uso de los silbatos que todos llevábamos. Yo iba agotado, el peso de la mochila, el constante sudar, la humedad del ambiente y el continuo caminar de subida estaban pasando la factura. De pronto, una pequeña subida, el gradiente un poco mayor, los árboles que se abren para dar paso a la luz del sol, oculta por horas por la lluvia y la espesura de los árboles, y ante mis ojos un valle, un poco mayor que los anteriores, cubierto de pasto tierno, resguardado por cerros  poblados de coníferas, un grupo de casitas, quizás unas diez, paredes de troncos y techos de lámina. Olor a humo de leña y pinos traído por el viento. Nunca he estado en Suiza, pero no creo que sea muy diferente, claro que no tan bonita (Suiza, quiero decir). Después supe, por uno de los vecinos del lugar que actuó como guía, que a esos vallecitos se les conoce como "Joyas", de ahí el nombre de Joya de Manantiales, Joya de Oyameles, Joya Oscura, etc. En uno de los expendios de sodas y papitas, -hay varios tendajos, a pesar de lo pequeño del lugar-, nos tomamos unos refrescos y después de descansar una media hora, seguimos un poco mas delante. A no más de un kilómetro, hay un vallecito vecino, sin habitantes, donde acampamos después de pasar un arroyo, más grande que los anteriores, que parecía nacer de una cascada de diez o doce metros que se precipitaba de la sierra.

Dejar caer la mochila, desempacar la casa de campaña, desenrollar el saco de dormir sobre la colchoneta de hule espuma y admirar el contraste entre el verde oscuro de los bosques y el verde brillante del pasto que pisábamos. Habíamos llegado. Todos y de una pieza, hasta nuestro primer objetivo. El arroyo que pasaba a solo diez metros de nuestro campamento invitaba a darse un baño, así que sin pensarlo mucho saque el botecito de jabón (biodegradable) y después de ponerme el traje de baño clásico (del que usaba Adán), me metí al agua. Se me cortó la respiración, pero solo por dos o tres minutos. El agua estaba más que helada, si alguna vez has metido la mano en el agua de una hielera buscando un refresco, sabes a lo que me refiero. Rápidamente empecé a tallarme el cuerpo, y a quitarme todo el sudor y polvo de la marcha. Se me empezó a quitar el frió, me aventé un clavado y hasta nade un poco. El arroyo tenia algunos cinco metros de profundidad y había peces pegados al fondo de piedra. Carlitos también se metió a bañar y después llegó Billy preguntando que si estaba muy fría el agua. ¿Fría? Fresquita a lo mejor. Se aventó de clavado. Se le fue la respiración. Solo cuatro o cinco minutos. Nada serio. Otro que también se baño fue el Chino Palacios que se metió con una lycra larga,  jersey, gorrita. ¿Guantes? no me acuerdo, pero eso no contó como baño. La mayoría, siguiendo el sabio refrán de "la cáscara guarda al palo", se quedaron como vinieron, empanizados. Después de quince minutos de sentirme Tarzan, me seque bien. Sientes la piel como terciopelo, y te queda toda colorada  del frío (la piel), pero descansas y te sientes limpio. Me regrese al campamento en calzoncillos y descalzo. Descalzo. Ni una sola espina, solo pasto fresco, mullido, y tierra húmeda. Para los que venimos de la tierra del cadillo, los nopales, el tasajillo, la uña de gato, el mesquite, el granjeno, el andar descalzo en el monte es algo impensable. Saque la estufita, calenté agua para rehidratar la comida. El cafecito, la charla recostado en el pasto, la mochila de almohada, los chistes, las risas. Para nada cansado.  La friega. ¿Cual friega? Esto, indudablemente, era estar en el Cielo.

Esa noche dormí arrullado por las gotas de lluvia golpeando sobre mi tienda. Los rayos poniéndole un sabor de aventura al dormir al aire libre en aquel maravilloso lugar. En algunos momentos la lluvia se convertía en una catarata. Un consejo: si vas a el Cielo con intenciones de acampar, llévate un poncho para la lluvia, y que este cubra también la mochila, y además, muy importante, una casa de campaña impermeable. Allí llueve hasta en la estación seca. Algunos de nosotros lo comprobaron la primera noche, la cual pasaron secando con toallas el agua que se filtraba dentro de sus tiendas. Una tienda impermeable hace toda la diferencia entre una noche inolvidable y una noche....bueno, también  inolvidable. Varios, tratando de evitar empaparse, cubrieron sus tiendas con pedazos de bolsas de plástico negras para la basura. Inútil intento. La mañana siguiente, después de desayunar una deliciosas comidas deshidratadas (que querían, no todo es perfecto), nos pusimos en marcha con dos lugareños,  ya sin las mochilas, hacia unas grutas que se encuentran a una dos horas de caminata, cuesta arriba obviamente, de donde acampamos. Una de ellas, que los locales llaman "del Cedazo", es impresionante. Las estalactitas y estalagmitas son gigantescas, y del techo del salón principal se precipita una verdadera lluvia de agua purisima y fría, que le da el nombre a la cueva. Al fondo de esta hay un lago, al cual no se le ve el fondo, pero los guías nos dijeron que al parecer se comunica con varios agujeros que hay en el exterior, y que invitan al descenso en rappel para ser explorados. El lago se alimenta del agua que cae de lo alto de la bóveda, y que en su camino descendente por el lecho de piedra, forma una especie de pequeños reservorios de agua cristalina que recuerdan los cultivos de arroz en terrazas, solo que en miniatura. Por si todo esto no fuera suficiente, solo el camino hasta las cuevas vale el esfuerzo de llegar hasta allí. Hay pinos viejos e inmensos, sus troncos cubiertos de gruesas capa de musgo, como verdes columnas deteniendo el techo formado por el follaje, y cimentadas en un suelo cubierto de gruesas capas de hojas secas, depositadas al paso de años, descomponiéndose, dando vida al morir. Piedras desgajadas de lo alto, enormes bloques mas grandes que una casa, balanceándose precariamente en la empinada ladera. Grietas, aparentemente sin fondo, abriéndose en la roca caliza, y haciendo interesante el sendero. De echo tan interesante, que muchas veces no levantaba yo la vista en busca de posibles grietas.

Nuestro tercer día en El Cielo nos vio subir al Cerro de la Campana, y acampar en el Valle del Ovni. El Cerro tiene la peculiaridad de tener dos picos gemelos, entre los que quedó atrapada una roca de gran tamaño, que parece colgar de los lados, exactamente como una campana en la torre de una iglesia. La subida es una escalada poco técnica, pero que requiere sin embargo del uso de brazos y piernas. Desde la cima se pueden ver cerros cubiertos de verdor, rodeando valles muy pequeños, unidos entre si por líneas amarillas formadas por los caminos de tierra. Lo mas cercano a ver una gran maqueta. Aquí de nuevo hicimos campamento, nos juntamos todos, sentados en el césped a platicar hasta bien entrada la noche. Hubiéramos permanecido en la plática hasta en la madrugada, de no haber sido por la lluvia, que nos mandó de cabeza tienda adentro. Esa noche me sentí un poco triste. Sabía que en la mañana llegaría Felipe con su camión a recogernos para el viaje de regreso a Gómez Farias. El ambivalente sentimiento del que termina, o casi, una expedición. Quieres regresar, extrañas tu cama y la comida caliente y en la mesa, ansías el reposo y un buen baño. Pero al mismo tiempo te duele dejar las montañas, los espacios abiertos y el tiempo para hacer lo que quieras, o para no hacer nada. Poco a poco, y sin darme cuenta, me quede dormido.

En la madrugada me despierto y salgo de mi casa de campaña. Hay mucha bruma y hace frió. Entre la espesa niebla, veo un espectáculo extraordinario. Miles de luces. Constelaciones y galaxias danzando entre el bosque oscuro. Como si la foresta quisiera imitar al cielo, que no se atreve entre los gruesos bancos de nubes. Luciérnagas. Miles de ellas......... Me quedo viéndolas largo rato. No se cuanto. No se me ocurrió mejor despedida que esta para tres días de constantes sorpresas. Descubrí, un poco asombrado, que estaba sonriendo..........

 

 

José Guzmán Garza

Primavera 2003.

                                   

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En la cima de Mexico.

domingo, 03 de mayo del 2009 a las 16:58

 

Ya viéndolo bien, no estaba tan fácil. De hecho la bajada me pareció espeluznante. La inclinación tan pronunciada. La dureza del hielo, que desafiaba el filo de mis crampones. El saber que teníamos que bajar en un cierto espacio de tiempo, es decir, sin pensarlo mucho, que es lo que habitualmente haces cuando te encuentras en una situación en la cual tu yo interno te esta mandando alarmas por todos lados, como si se tratara de la cabina de algún avión en problemas. Las historias de accidentes que inevitablemente escuchas en los campamentos, y que allá abajo desechas como algo que le ocurre solo a otros. Todo se te agolpa en la mente, en un instante, cuando escuchas al guía decir, "hay que bajar, ya esta calentando el sol". Y ves esa pendiente, vertiginosa, que parece una caída libre...

Me encontraba en el borde del cráter del volcán más alto de México, el pico de Orizaba, o Citlaltepetl, en compañía de Fernando, un joven arquitecto de Monterrey, y de Juan Guzman, guía de montaña, también de la capital neoleonesa. Eran las doce del mediodía, y había que empezar a bajar. La radiación solar, que a esas alturas de 5 700 metros calienta y quema sin que te des cuenta, hace que las piedras se expandan, y que la fina capa de hielo que las mantiene unidas se descongele, ocasionando pequeñas avalanchas de piedras de todos tamaños. Muy peligrosas cuando te encuentras a medio glaciar, seiscientos metros mas abajo.

Unidos por una cuerda atada a nuestros arneses, dimos los primeros pasos hacia abajo, en una pendiente de quizás 50 grados, metiendo los piolets todo lo que podíamos, que no era mucho, dada la dureza del hielo y la ceniza y roca volcánica heladas. Escuchaba el rechinar de los crampones en mis botas contra el hielo fósil, color gris sucio y con la consistencia del concreto. Gruesas gotas de sudor, a pesar de la temperatura gélida, caían sobre mis lentes oscuros, dificultándome la visión. "No es lugar para que te resbales" me repetía a mi mismo una y otra vez, obligándome  a bajar rápido, pero con la máxima precaución. Patea el hielo.....trata de clavar el crampon.......mete el pico del piolet......cuidado de no pisar la cuerda.....asegura a tu compañero......"no es lugar para resbalarse".......patea el hielo.....trata de clavar el crampon...... Y así, una y otra vez.

Siempre me he sentido atraído por la montaña. Recuerdo de niño haber leído libros de alpinismo, de exploración. Nombres como Hillary, Everest, Herzog, Annapurna, me hacían sentir una mezcla de exultación y de desasosiego. Las historias de Stanley, Livingston, Amundsen, Shakleton, Scott; los relatos de la grandes expediciones al África negra, a la Antártica, al Gobi, me hicieron prometerme que algún día yo también viviría la aventura. Yo también caminaría en el hielo, dormiría en la nieve, vería el horizonte, vasto, desde las alturas..........

Nuestro club de deportes extremos, Camaleones, había estado haciendo salidas tres o cuatro veces al año a montañas cercanas a Monterrey y Saltillo. La Eme, La Calle, Las Nieves, La Marta, la Viga. Después de dos años de entrenamiento, de acostumbrarme al peso de las mochilas cada ves mas pesadas, de "entenderle" al frió, de aprender a sufrir la falta de aire, se me presento la oportunidad de escalar el Iztaccihuatl y el Pico de Orizaba. Seriamos tres, Fernando, del club Yetis de Monterrey y Juan Guzman, guía de montaña, también miembro del mismo club, y yo, de Camaleones.

Partimos en Febrero del 2005 rumbo a Amecameca, Estado de México. Subimos el Iztaccihuatl en dos días. La primera jornada nos llevo del refugio alpino de Altzomoni a la Joya, y de allí al Refugio de los Cien. Era sábado. En la noche pusimos nuestras tiendas bajo un vendaval que proyectaba pequeños gránulos de arena volcánica contra toda superficie de piel expuesta. Amarramos las líneas estáticas de las casas de campaña a grandes piedras, y pusimos más piedras en todo el perímetro, para evitar que volaran con todo y nuestras mochilas. Fernando se sentía muy mal por la altura, se quejaba de dolor de cabeza y nauseas. Vomito varias veces. Tuvimos que instalarle su tienda. Recuerdo que cuando estaba desempacándola, el viento le arrebato la bolsa en la que la guardaba y se la llevo, en un segundo, hacia lo alto de la montaña. La visión de aquel pedazo de nylon estrujado y danzando, zigzagueando grotescamente, como un espíritu maligno perdiéndose en los remolinos grises de la cumbre, me hizo sentir un escalofrío. La temperatura descendió rápidamente al caer el sol. Estabamos cansados. La noche anterior, en Altzomoni, también habíamos dormido mal debido a la altura.

Poco a poco el área del Refugio de los Cien se empezó a llenar de tiendas de campaña. Pronto, parecía haber brotado de la nada una pequeña ciudad de alrededor de sesenta tiendas, las que a duras penas se mantenían erectas ante la furia del viento. El viento siguió igual, solo que con granizo, y después nieve. Aquí tenía ya mi aventura. Dormir agarrando la casa de campaña para evitar que las varillas se doblaran y colapsaran. Aguantando el dolor de cabeza y la nausea, sintiendo la arena volcánica filtrándose dentro de la ropa, de la tienda, de todo.

Desperté y note que la tela de de mi casa ya no se estremecía ni tronaba. El aire había parado. Asome la cabeza y me sorprendió ver la cantidad de tiendas que yacían aplastadas contra el suelo, sus ocupantes dentro, dormidos, agotados de pelear toda la noche contra las ráfagas de aire. Había cerrazón. La visibilidad era de unos diez metros. Aun así nos levantamos, nos vestimos y partimos hacia la cima. Después de una hora de caminar cuesta arriba advertí que, de tanta gente que había dormido en el área del refugio, solo nosotros y otros tres habíamos salido hacia la cumbre. Llegamos a Las Rodillas, el viento empezó a soplar de nuevo, la nieve no dejaba de caer. La visibilidad disminuyó aun más. Ante nosotros se extendía el glaciar de Ayoloco, una explanada de terreno ondulado que va de Las Rodillas al Pecho. Varios kilómetros de hielo y nieve, expuestos al viento, a la temperatura que ya nos hacia temblar incontrolablemente, y que dejaba una capa de hielo en nuestra ropa y rostros. Solo una hora antes, en un roquerio, habíamos visto una cruz grande de hierro que allí llaman "la cruz de los de Guadalajara", con, creo recordar, once nombres. Los de otros tantos seminaristas que murieron de frió hace algunos años, en un temporal como el que estabamos tratando de vencer, perdiendo el camino de regreso, sin visibilidad y sin puntos de referencia, en un entorno blanco. Nos contaron que el último cuerpo fue encontrado a solo unos cientos de metros del refugio de Los Cien.

Decidimos regresar. Alguna vez oí decir a un montañista experto que no había cumbre que valiera una vida. Además, ya habíamos hecho casi la altura del Pecho. Todo lo que quedaba era terreno más o menos plano, cubierto de hielo.

Los primeros cientos de metros descendidos nos trajeron el sol, el horizonte abierto y el aire calmo. Desde el refugio de Los Cien, las alturas de la montaña se perdían en un mar de nubes rápidas, color gris acero.

Descendimos hasta La Joya. Las quesadillas que Juan nos había prometido al bajar, nos supieron a gloria. Dejamos a la señora que las vendía casi sin existencias. Después de casi tres días de comidas deshidratadas y agua, el sabor del aceite, el queso y las diferentes salsas, nos hizo olvidarnos de las penurias pasadas. Docenas de montañistas se disponían a partir de regreso. La mayoría se dirigían a la Ciudad de México, nosotros nos encaminamos hacia Paso de Cortes. Allí de encuentra el centro de visitantes al Parque Nacional Los Volcanes. Un camino de terraceria nos llevo, entre pinos, robles y oyameles hacia Tlachichuca, Puebla.

Nunca se me va a olvidar la primera vista del Citlaltepetl o Pico de Orizaba. Muy alto y muy bello. Cubierto de nieve. En Febrero, los campos de cultivo que lo rodean se cubren de colores en toda la gama de marrones, ocres rojizos y amarillos. Haciendo el blanco de los glaciares aun mas albo. Y el azul plomizo de la roca aun mas frió y lejano.

Nos quedamos a dormir en casa de don Joaquín Canchola Limón. Durante años, el y su familia se han dedicado a recibir y transportar alpinistas de todo el mundo hasta el refugio de Piedra Grande. En un pequeño taller, en el patio, en lo que antes era un corral, Don Joaquín se encontraba ayudando a Fernando a ajustarse unos crampones. En las prisas que pasamos en Altzomoni, dejo los suyos olvidados. Mientras ellos ajustaban los "fierros", pase mi mirada por la colección de crampones, piolets y mosquetones que parecían tapizar las paredes. Una especie de trineo me llamo la atención. Le pregunte al señor Canchola para que lo usaban. Como la cosa mas natural del mundo, me dijo que era para los rescates. Pero que casi siempre la usaban para "los cuerpos". Me explico que unos norteamericanos, de una universidad, habían tenido un accidente hacia varias temporadas. Dos de sus miembros murieron y otro más había quedado herido. Don Joaquín y otros guías de montaña  llevaron a cabo el rescate de los sobrevivientes, y en agradecimiento, al siguiente año, los americanos les habían regalado el trineo, entre otras piezas de equipo. Mi parte idiota entro en acción. "¿Y que tan seguido lo usan, Don Joaquín?". Le pregunte. "Todas las temporadas", me contesto. Quien me manda preguntar......

Después de una noche en casa de los Canchola, de dormir bien y comer mejor, partimos hacia el refugio de Piedra Grande a bordo de una de las trocas de Don Joaquín. El camino, de terracería, lleno de pozos y nubes de polvo, en dos horas nos llevó hasta la base del Citlaltepetl. El Refugio de Piedra Grande es un lugar alto y desolado, una explanada fría y barrida por los vientos, salpicada de enormes piedras, dejadas allí por la retirada del Glaciar de Jamapa. Allí empieza un terreno de morrena, que es la roca partida, triturada, que deja el glaciar a su paso. Una vez que el glaciar se retira, deja grandes extensiones de rocas que van del tamaño de un balón de fútbol, hasta el de una casa. En medio de esta fría desolación, se alzaba el refugio, de piedra, donde pueden guarecerse entre treinta y cuarenta gentes. Su techo es muy alto y en una de las paredes hay una serie de literas de madera, de dos pisos. Las paredes, y el techo, están cubiertas de graffities. En todos los idiomas. O sea que hay mal educados en todo el mundo. Los únicos ocupantes eran dos americanos muy jóvenes, que pensaban pasar varios días allí, para aclimatarse a la altura. Pasamos esa tarde arreglando nuestras cosas, yo traía una mochila ultraligera, donde solo puse mi parca de pluma de ganso, los crampones en su bolsa de nylon y un litro de agua. Nos acostamos a "dormir" a eso de las ocho de la noche, ya que empezaríamos a subir a las dos de la mañana. Eso de dormir es un decir. La incertidumbre, el dolor de cabeza y el ruido de los ratones por todos lados te impiden dormir más de quince minutos seguidos. Aunque comparado con la noche de tormenta que pasamos en el Izta, esta era como estar en un hotel.

¡Las dos! Rápidamente nos pusimos las botas, yo había dormido vestido, y los cascos con las lámparas de cabeza y salimos al exterior, no sin antes empujarnos, a fuerza,  unas galletas y un chocolate. Nunca había visto tantas estrellas. Y vaya que he pasado muchas noches acampando y en ranchos. Eran tantas que las mas brillantes, Sirio, Betelgeuse, Rigel, fácilmente reconocibles en una noche normal, se perdían en ese magnifico manto de estrellas como diamantes. Ni el aire cortante y frío que descendía del glaciar me pudo distraer de la contemplación de tanta belleza.

Pero había que andar, y mucho, así que nos metimos en la negrura de la noche. Los haces de luz de nuestras lámparas apenas descubriéndonos el camino, que serpenteaba entre y sobre las rocas. Seguimos lo que parecía ser el lecho de un arroyo congelado, las botas resbalando en ocasiones. Algunos tramos escalando con pies y manos. Nuestras luces arrancando destellos y reflejos al hielo que cubría las rocas. Nos tomó tres horas llegar hasta el inicio del glaciar. Nos pusimos los crampones y las polainas, tarea bastante difícil con doble guante y forrados como íbamos con cuatro capas de ropa. Y ni modo de quitarse uno los guantes, el frío te entumece las manos en menos de un minuto. Cada momento que pasaba era para mí como un descubrimiento. Si el aire del refugio se me había echo frió, el de la morrena helada era mucho peor. Y ahora me daba cuenta que el frió del glaciar, era "el de a de veras". Descansamos unos cinco minutos, tomamos unos tragos de agua que casi era hielo y dimos los primeros pasos en la nieve del glaciar.

La nieve sólida era excelente para el uso de crampones. Nuestros pasos eran firmes y seguros. En ocasiones en que encontrábamos hielo quebradizo, que se pulverizaba como cristal, nuestros crampones se agarraban al substrato de roca.

Poco a poco, la pendiente se fue haciendo mas pronunciada. El amanecer nos encontró a medio glaciar. Los primeros rayos del sol pintaron de pasteles la nieve de la cresta conocida como el Espolón de Oro, e incendiaron de dorados, ocres y rojos el pico accesorio llamado el Sarcófago. Aquí nos encordamos, la inclinación alcanzaba los cuarenta grados y ya llevábamos más de cinco horas subiendo casi sin parar. Juan iba en la punta, diez metros de cuerda atrás yo. Y cerrando la marcha, otros tantos metros más atrás, Fernando. No se cuantas veces vi la cumbre a tiro de piedra. Y tampoco se cuantas veces estuve al borde del agotamiento. La combinación del ejercicio físico extenuante y  del aire enrarecido de esas alturas te pone a prueba. Aunque puedo decir que ni una sola vez paso por mi mente el abandonar. Ni por un instante. El día prometía ser magnifico, no hacia aire. Todo lo que necesitaba para conquistar el pico mas alto de México era coraje. Sacar reservas que ni yo mismo sabia que tenia. La última hora trepábamos veinte pasos y nos deteníamos a respirar. Otros veinte pasos y respirar. Otros veinte pasos....... y de pronto, ya no había más terreno por subir. Estabamos en el borde del cráter. ¡Estabamos en la cumbre! Es difícil describir lo que sentí en ese momento. Alivio de no tener que castigar más mis pulmones y mis piernas. Felicidad de haber obtenido una meta nada fácil. Una sensación de seguridad en mi mismo. Después de las fotografías de rigor, me recordé que tenía que observar, no solo ver. En muchas ocasiones, nos vemos en alguna circunstancia especial, y el hecho de estar en ella nos hace olvidarnos de vivir el momento, de realmente ver lo que esta pasando a nuestro alrededor. Así, vi el cráter del volcán, inmenso, despidiendo un ligero olor a azufre. Sentí las piedras de su  borde tibias al tacto. Al Este, se desplomaba, blanquísimo, el glaciar Pecho de Paloma, mas allá del Filo del Chichimeco, una de las rutas mas técnicas del volcán. Caminamos algunos cientos de metros siguiendo el borde del cráter hasta la verdadera cima, llena de cruces de metal retorcidas. Pude constatar que nuestro país es el más bello del mundo. Nadie me lo cuenta, yo lo vi desde su punto mas alto. Y no es amor ciego, es que es realmente bello. Cadena tras cadena de montañas, azules en la distancia, como olas en un inmenso mar, con crestas espumosas de nubes. Fernando es algunos centímetros mas alto que yo, así que me subí en una pequeña roca, y por un instante, a eso de las once de la mañana de ese día de Febrero del 2005, fui el mexicano más alto.

Y como todo lo que sube tiene que bajar...........  Si algún día han subido a un techo en una escalera de mano sabrán lo que digo. De abajo hacia arriba se ve cerquita, fácil. De arriba para abajo se ve altísimo, le buscamos el lado a la bajada, a la escalera, etc. Aquí es igual, solo que el "techo" tiene como unos ochocientos metros, que es lo que mide el glaciar...... y no hay escalera. Solo hielo fósil, con la consistencia del cemento, una pendiente de cuarenta y cinco a cincuenta grados. Y lo único que te separa de un potencial gran resbalón, son tus crampones, tu piolet y una cuerda que te une a tus compañeros. Ya eran las once y media de la mañana y el sol calentaba las rocas, derritiendo el hielo que las mantiene unidas. Estar a medio glaciar y ver venir una fusilada de piedras de todos tamaños a alta velocidad, no debe ser nada agradable, así que cuando Juan nos dijo "para abajo", para abajo nos fuimos. Protegiéndonos unos a otros,  haciendo nichos en la nieve y el hielo con los crampones y piolet, anclándonos para poder detener a los compañeros en caso de una caída.

A eso de las cuatro y media de la tarde estabamos de regreso en Piedra Grande, casi quince horas después de haber salido en la madrugada. Oscar Canchola, hermano de Don Joaquín, nos esperaba ya con la camioneta lista. Nos despedimos de los dos americanos, no sin antes decirles más o menos por donde subir, y nos dirijamos de regreso a Tlachichuca.

El final de una expedición de montaña se dio a la orilla del mar. Al día siguiente de hacer cumbre, y con antojo de mariscos, atravesamos la sierra hasta Casitas, Veracruz. En medio de los "Vuelve a la vidas" y los camarones a la diabla, en un restaurante en la playa, me dijo Juan - ¿ya viste que hora es? -La once y media- le respondí. -¿Por qué? -Porque hace exactamente veinticuatro horas estabamos en la cumbre de México.

Pedimos otra ronda de cervezas, para la impresión.............

 

 

José Guzmán Garza

Febrero del 2005.

 

 

 

 

 

 

 

 

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En la cima de Mexico. (carlos cervantes)
me encanto es no se lo describen con una forma que da esclofrios y ala vez lo acen interesante bn  ......(18 mar)

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